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Feliz día de Corpus, mulas.

Por siglos, todos los días de Corpus Christi, las iglesias mexicanas se han llenado de mulas. Y uno debe felicitarlas. 

las mulas

La mulita de Corpus.

La tradición católica dicta que sesenta días después de la resurrección de Cristo, se celebra el día del cuerpo del mesías resucitado… Corpus Christi en latín.

Pero el origen mexicano de esta celebración ,en la que las iglesias se llenan de niños vestidos con atuendos tradicionales, se remonta a 1526. En ese año los conquistadores españoles instauraron las procesiones que salían desde los pueblos cercanos a la capital para llegar a la catedral metropolitana.

Para llevar a cabo la travesía, los campesinos cargaban a sus mulas con las cosechas, y aprovechando el viaje, pedían al cardenal que “les diera la bendición”, tanto a los animales como a las mercancías. Y es por eso que a la celebración también se le conoce como el Día de las Mulas.

Actualmente, del ganado equino en las iglesias solamente quedan las representaciones en miniatura, hechas artesanalmente con hojas de maíz, madera y papel de china, las llamadas mulitas de Corpus. 

Pero aunque ya no se ven mulas de cuatro patas en las iglesias, en México seguimos felicitando  – afectuosamente, claro – a las otras… a esos animales necios que conviven con nosotros todos los días en nuestro amado país.

Que no se diga que en Heroísmo Agonizante 101 no se siguen las tradiciones:

¡Felicidades, mulas!

A mi ya me felicitaron. ¿Y a usted?

Veremos.

 

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Gracias al de Parral.

Por Rogelio Rivera Melo. 

Gracias al de Parral.

El lema de los parrenses, habitantes de Hidalgo del Parral, Chihuahua, es “Sobre todo, la fe”. Hoy, uno de sus hijos nos devuelve la capacidad de creer. 

Hgoparral.jpg

Hidalgo del Parral es una ciudad ubicada en el sur del estado de Chihuahua, al norte de México. Su fundación en 1631 se debió a las minas que lo convirtieron en un importante centro de extracción de plata desde la época colonial.

La ciudad fue llamada así en honor a Miguel Hidalgo. Y en 1923, en una de sus calles murió el que es uno de los mexicanos más famosos a nivel mundial, Francisco Villa.

En  su escudo de armas se aprecian, sobre todo el conjunto, la pala y el pico de los mineros que la hicieron grande. Luego, el lema de los parrenses: SOBRE TODO, LA FE. Debajo hay dos manos entrelazadas. Aparecen el río Parral, la cabeza de un tarahumara tocado con collera y visto de perfil y el cerro de la mina La Prieta. Como contraparte, a lo original de esta tierra, se encuentran el templo de San José y la cabeza de un español, igualmente de perfil. Hay hojas de vid y un racimo de uvas y, en la parte inferior, el primer nombre de la localidad, SN. JOSEPH DEL PARRAL.

Bajo ese escudo nació Misael “El Chino” Rodríguez. Hoy, clasificó a la semifinal en el Torneo Olímpico de Boxeo, Categoría 75 Kgs., lo que le asegura una medalla. La primera para México.

Aunque la historia aún no termina, en las páginas del libro de ciudadanos distinguidos de Hidalgo del Parral, Chihuahua,  hoy se ha inscrito el nombre de Misael Rodríguez.

Y todo México debería estar agradeciendo al de Parral.

Ya eres un campeón, “Chino”. Vamos por el Oro.

Veremos.

misael

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Manifiesto de los escritores que sólo quieren escribir

Escribir es un acto salvaje. No voy a convertirlo en algo estéril para complacer al status quo.

Manifiesto

Manifiesto

Manifiesto de los escritores que sólo quieren escribir

Dirigido a las generaciones y generaciones de hombres y mujeres escondidos en oficinas, desperdiciando su tiempo, haciendo trabajos que cualquiera podría hacer mejor que ellos. A los que nacieron para otra cosa: para escribir.

No tengo que ser famoso ni haber publicado.

Para ser escritor sólo necesito escribir.

No voy a desperdiciar mi vida en una oficina para algún día retirarme y hacer lo que siempre he querido: escribir.

Escribo ahora y vivo de mi oficio.

Voy a mandar a la chingada al que me diga que no se puede vivir de escribir.

No tengo que morirme de hambre para ser un gran artista.

Promocionar y vender lo que escribo no me hace una puta.

El ego no me sirve para escribir. Escucho y aprendo.

La vida es muy corta para pasar mucho tiempo sin escribir.

La vida es muy corta para escribir sobre cosas que no me importan.

No me escondo del rechazo. Acepto los golpes. Presumo las cicatrices.

Escribir es un acto salvaje. No voy a convertirlo en algo estéril que complazca al status quo.

Escribir ilumina. No voy oscurecerme para gustarle a los poetas malditos.

Escribo para conectar. No para aislarme en mi pedestal.

No escribo por las becas ni los premios ni para cogerme a nadie.

Nadie va a descubrirme y no voy a convertirme en una leyenda.

No soy una leyenda.

Nunca seré una leyenda.

Escribo para el presente, no para ser inmortal.

Escribo todos los días.

No le tengo terror a la página en blanco.

Escribo aunque no confíe en mí ni tenga idea de lo que estoy escribiendo.

Escribo aunque no sepa escribir.

Escribo aunque esté aterrado.

Escribo aunque haya cien mil escritores mejores que yo.

Escribo con rabia.

Escribo con amor.

Escribo con ternura.

Escribo con terror.

Escribo.

Escribo.

Escribo.

movimiento

¡Necesitamos más escritores que reclamen su lugar en el mundo!

 – – – – – * * * – – – – – * * * – – – – – * * * – – – – –

Este manifiesto es parte de Tinta Chida, una comunidad de ideas y experimentos para ganarse la vida haciendo lo mas chingón del mundo: escribir (el estreno oficial es el primero de diciembre del 2015).

También tú puedes firmar este manifiesto… Al firmarlo, recibirás recursos y herramientas para ayudarte a cumplir los puntos del manifiesto. Yo ya lo firmé.

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Terminal.

Por Rogelio Rivera Melo.

¿Será que sea cierto? ¿Será que lo mío sea cáncer terminal? ¿Tendré salvación? Me da miedo pensar en ello. 

Hospital de México

Hospital de México

Terminal.

Buenas noticias… Hoy el doctor dijo que hay muchas esperanzas. Que el tratamiento va excelente. Que se nota a leguas mi avance. El problema es que sé que el médico a cargo de mi caso es uno muy malo. Los demás doctores lo cuchichean en el pasillo, cuando creen que uno no escucha lo que dicen. Hasta las enfermeras me miran con una especie de condolencia cuando me observan sentado en la sala de espera. Sé que hay mejores médicos, pero éste es el que me tocó. No sé quien lo eligió para mi. Supongo que él se autonombró o había intereses superiores en que fuera justo él quien se encargara de mi estado.

En realidad nunca me había interesado la calidad de los médicos. Hasta que llegó uno y me dio un diagnóstico desolador. El problema es que tengo cáncer. Terminal, me han venido diciendo todos. Menos mi doctor.

Para él, las cosas van geniales. Ni parece que estuviera enfermo, dice. Pero él no tiene que salir a la calle todos los días a buscar trabajo para que coman mis hijitos. Tampoco se tiene que preocupar por los violentos síntomas que acompañan mi enfermedad. Los siento en todo el cuerpo.

No lo veo, pero intuyo que dentro de mi, los órganos van desgarrándose poco a poco… hay una sensación rara, como si me fueran desmembrando. Y todos los demás lo pueden notar. Pero mi doctor no. Él me dice que no me preocupe, que me relaje. Incluso hizo gestiones con la de trabajo social para que me regalaran una televisión nueva. Que así me no me voy a estar acordando de mis achaques, dijo. Que lo tome como distracción, como terapia.

Hoy desperté en el hospital. No supe cómo es que había llegado a dar aquí. La verdad es que nunca me había preocupado demasiado por mi salud. Todos siempre han sabido que me gusta buena vida, la borrachera, la facilidad de una vida sin tanto rigor. Los vecinos siempre venían conmigo para las fiestas salvajes. Sabían que en mi casa, siempre que llegaran con un poco de dinero, habría alcohol en exceso, drogas baratas y sexo, mucho sexo. Mi filosofía siempre fue la de “No importa si no tengo dinero para tragar mañana, pero hoy yo invito a mis amigos a beber hasta caernos de la silla”. ¿Acaso no somos machos? Ese siempre fue mi lema.

Pero hoy me di cuenta, con temor, que partes de mi van desapareciendo. Lo había notado antes, pero no le había dado la importancia debida. Al principio fue una uña que estaba ahí cuando me acostaba por las noches, pero que al despertar por la mañana simplemente se había desvanecido. Ahora, conforme avanza mi enfermedad, me voy dando cuenta que cada vez que abro los ojos, al despertar, me faltan dedos enteros que no aparecen por más que los busco. Cuando le dije al doctor sobre los desaparecidos, me dijo que es normal que suceda. Ya no tengo cuatro dedos de la mano derecha ni tres de la izquierda. Las orejas se me caen a pedazos.

Sospecho que el pinche doctorcito aprovecha mis largos períodos de sueño profundo para mandar a sus ayudantes a mutilarme esos cachos supurantes y hediondos. Quizá piensa que si no los veo, no me daré cuenta de la inmensidad del daño que la enfermedad me está ocasionando. A mí no importa que hubieran sido tan solo unos pedazos putrefactos, apenas reconocibles. Eran míos. Y los quiero de vuelta.

En verdad espero que no se caigan mis ojos ni mi lengua. Aunque a veces lo deseo. Para así no poder ver en lo que me estoy convirtiendo ni hablar de lo que me están haciendo. Y es que hay días en los que me siento muy mal. Siempre sintiendo nauseas y esos espasmos dolorosos que cada vez terminan con hechos sangrientos en cada una de las partes de mi cuerpo.

Mi doctor dice que no pasa nada; que si en realidad quiero sentirme mejor, piense en esa ala del hospital donde se tratan las enfermedades infecciosas. En aquella donde los médicos solamente pueden entrar con trajes así como de astronauta. “Siempre hay gente que está peor que tú, mi amigo”. Eso me dice el cabrón. “¿Te vas a estar quejando como mariquita?” Y como toda la vida me han dicho que soy muy macho y que debo de aguantarlo todo, pues me aguanto.

Imagino que todo esto sería más sencillo si hubiera dinero para el tratamiento, pero ya me di cuenta que doctor lo quiere todo para él. “Tienes que hacerte la idea de que el proceso será muy largo. La recuperación no va a ser sencilla, pero estamos haciendo todo lo posible porque mejores”. A lo mejor el doctor tiene muchos gastos. Tal vez quiere una nueva casa o quizá ya no le alcanza para mantener a su mujer. He visto fotos de ella en la pared del consultorio. Una güerita sin chiste pero muy elegante en sus vestidos caros. Mi esposa se queja de que “la esposita” viste como payaso. Supongo que ella no se da cuenta de las garras que traemos puestas… hasta me da pena no poder comprar calzones cada vez que se me rompen los míos. “Vamos bien”, me dice el doctor. “Pero falta mucho por hacer. Es cuestión de tiempo para que vuelvas a ser el que siempre habías soñado ser”. Conmigo ha de estar pagando una casa en las Lomas.

A veces, invitan a otros doctores a que me vean. Y me siento como animal en zoológico. Todos me miran. Todos hablan de mi y de mis “serios problemas”, como si no estuviera en la habitación. “Uy, las cosas están de la chingada en éste”. “Mira nomás, el pendejo que lo está tratando no sabe ni lo que está haciendo”. “Pobre, tiene fugas por todos lados”. Incluso la propia familia se la pasa gritando a los cuatro vientos lo mal que estoy y como me voy pudriendo: “¿Ya viste? Este güey no se va a salvar ni aunque vaya a bailar a Chalma”. Hijos de puta. Creen que me hacen un bien. A mi, que les he dado todo y más. ¡Cabrones! Todos llevan agua a su molino: venden sus libros que escriben sobre mi caso, hacen canciones que cantan bien dolidos pero que venden al que la compre, usan mi mal como lema… han de querer ser presidentes, los muy ingratos.

Porque todos saben lo mal que estoy pero hacen poco – o nada – para remediarlo. Aunque siendo sinceros, no hay muchas opciones: los doctores que me venden medicamentos tan caros que no puedo pagar, el sacerdote que me vende milagros igual de caros que los medicamentos, la curandera que me vende remedios diciéndome que debo tener fe para que funcionen, el traficante que me vende medicinas adulteradas a la mitad de precio de los medicamentos… Y está el matarife que se ofrece, por una módica cantidad, a mocharnos las partes infectadas. “Quizá solo así te salves, mi buen”. Y yo no sé a quién creerle. Lo que empiezo a ver es que los muy hijos de puta están más interesados en mi dinero que en que yo me salve. A veces me pregunto si no les convendrá a todos que yo me esté muriendo y no me muera. Están cobrando herencia y eso que aún estoy aquí. ¿Qué será cuando me cargue la chingada?

Otros “especialistas” me llaman diciendo lo buenos que son, pero piensan que no sé que han matado a sus pacientes. Y ojalá solamente hubieran muerto, pero también sé que antes de enterrarlos los dejaron sin un peso. Conforme avanza mi mal, voy perdiendo la fe en los profetas que me ofrecen salvación a cambio de algo. Nadie da algo a cambio de nada.

¿Será que sea cierto? ¿Será que lo mío sea cáncer terminal? ¿Tendré salvación? Me da miedo pensar en ello.

Mejor me voy a mi casa, abro una botella, enciendo mi televisión – esa que me regalaron para que me olvide de mis problemas – y me pongo a ver el partido de fútbol. Es que hoy hay Clásico.

Disculpen que me vaya así… Y perdón por no presentarme antes, me llamo México.

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