Viajes

El amor visto en… Brooklyn.

Serie “El amor visto en…”

Como esos ornitólogos que buscan aves raras en lugares diferentes, así voy yo por la vida. Tratando de mostrar al mundo que, a pesar de lo que muchos dicen, el amor sí existe. Aunque solamente dure un instante. 

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El amor visto en Brooklyn, antes de que termine el invierno.

Fotografía por Rogelio Rivera Melo @ Columbus Park, Brooklyn, New York, E.U.A.

 

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El amor visto en…

Fotografía por Rogelio Rivera Melo.

Serie “El amor visto en…”

Como esos ornitólogos que buscan aves raras en lugares diferentes, así voy yo por la vida. Tratando de mostrar al mundo que, a pesar de lo que muchos dicen, el amor sí existe. Aunque solamente dure un instante. 

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El amor visto en Central Park, una tarde de marzo.

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De copópedos kosher y veganos

Por Rogelio Rivera Melo.

Solamente hay un lugar en todo el mundo en el que hay más judíos que en todo Israel. Y si me apuran un poco, en ese mismo lugar también hay más hipsters veganos que en todos los otros lugares el planeta. Hay un problema para ambas poblaciones: los copópedos.

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Sí. Son más pequeños que los camarones del buffet chino.

En casi todas las ciudades de los Estados Unidos de América cuando uno tiene sed puede abrir la llave del grifo, llenar un vaso y beber el agua con toda confianza – con excepciones como Flint, Michigan, claro. De hecho, una gran cantidad de habitantes de ese país lo hace todos los días. Y no se muere ni se enferma.

Sin embargo, en 2004, algún rabino de los muchos que habitan en la ciudad de Nueva York se dio cuenta que en el agua que salía de la llave había algo raro. En ese líquido exquisito – todos los neoyorkinos están orgullosos del sabor de su agua – se encontraban unos bichitos algo sospechosos.

Ahora, supongo que el rabino era de muy buena vista o trabajaba en un laboratorio con microscopio, por que tenía razón. En el agua potable que fluye a través de las tuberías de de la Gran Manzana, viven unos parientes lejanos de las langostas y los cangrejos, llamados copópedos.

Los copópedos (“patitas de remo”, por su etimología griega) son unos crustaceos chiquititos que habitan en casi todos los cuerpos de agua dulce. ¡Crustáceos, por el amor de Jehová! ¡Esos no son alimento kosher! Y eso implica un problema moral para los judíos.

El problema se incrementó cuando las autoridades sanitarias dijeron que los copópedos tenían una función bien específica: su presencia en el agua no causa ningún daño a los humanos, pero es un método natural para evitar el desarrollo de los mosquitos en el agua – a los copópedos les gusta comer larvas de mosquito. Y de hecho, los copópedos en el agua de Nueva York son añadidos artificialmente.

“¡Pero no son kosher!”, exclamaron los rabinos. La Torá no les permite a los judíos consumir langostas, camarones, ostras y cangrejos… De los cepópodos no estaban tan seguros pero como se parecen a algunos de los anteriores, pues sería mejor no consumirlos. Y protestar por la proteína añadida al agua.

Se organizaron grupos de estudio del Talmúd y la Torá en Israel y Nueva York los que se analizaba y discutía la viabilidad religiosa de tomar el agua de esa ciudad. La discusión se zanjó cuando los piadosos rabinos decidieron que la regla aplicaba solamente a animales que podían ser vistos a simple vista. Y los copópedos neoyorkinos no son ni siquiera tan grandes como los camarones de los buffetes del Barrio Chino. Así que… el agua es kosher.

Diez años después, supongo que la población hipster vegana de Nueva York también se ha enfrentado a ese gran dilema: ¿beber agua en la ciudad cuenta como veganismo o no?

Ahí el problema moral es mucho más profundo: el agua embotellada contamina. Y hay muchos hipsters veganos en la ciudad, casi tantos como en La Condesa y La Roma, goei.

Mientras tanto, yo ya me tomé mis vasos de agua de la llave en Manhattan. Total, si no te mata, te hace hace más fuerte. Además he bebido del agua de la llave en la Ciudad de México. Sin filtrar.

¿Habrá una prueba de valor más grande que eso?

Veremos.

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Canelo de Shihuahua…

Por Rogelio Rivera Melo.

Estuve a punto de “rescatarlo”. Pero pronto me di cuenta que no necesitaba que lo hiciera.  

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Canelo de Shihuahua.

Lo conocí mientras caminaba a la tienda de un pueblo cerca de Naica. Necesitaba comprar varias cosas y debía apurarme, me quedaban menos de cuarenta minutos para que llegara la noche. Y las noches se ponen muy frías cuando se pone el sol en Chihuahua.

Iba yo pensando en mis cosas, y supongo que él también, cuando nos vimos. Como soy una de esas personas que siempre saluda a los perritos cuando los conoce, me di unas palmadas en el muslo para ofrecerle mi amistad. La aceptó rápidito. Vino a mi lado y me olisqueó.

Hola, guapo“, le dije. Sus grandes ojos negros me miraron. “Acompáñame a la tienda“, lo invité. Siguió todo el camino conmigo. Íbamos platicando sobre lo mucho que ambos necesitábamos un baño.

Llegamos hasta un parquecito lastimero, en el que había varios niños jugando. Seguro que a ellos les daba más gozo que pena. El chuchito salió corriendo y les ladró alegremente. Los chamacos ni siquiera se inmutaron. Me acerqué y le pregunté a uno si mi nuevo amigo tenía nombre. “Se llama Canelo“, me contestó con el acento de Shihuahua que tanto me encanta. “¿Y tiene dueño?”, le inquirí. “Creo que es del Iván“, respondió sin ponerme mucha atención. “Es que estaba pensando en llevármelo a mi casa“, dije así como si nada. Todos voltearon. De pronto tenía todas las miradas sobre mi.

¡¿Pues qué es de usted o qué?!“, exclamó un muchachito tan mugroso como el Canelo y yo. “No, pero por eso preguntaba“, les dije. El perrito permanecía ahí, sentado, parando las orejas mientras hablábamos.

Ah, pues entonces ya nos vamos a la tienda“, les dije en forma de despedida. “Vámonos, Canelo“. El perrillo me miró y no se levantó. Solamente me dejó tomarle esta fotografía como un adiós. Disfruté de nuestra larga amistad.

Creo que estará bien en su pueblo de Shihuahua. Yo tengo que regresar a la ciudad.

A veces me gustaría poder decidir y quedarme por allá. Como el Canelo.

Veremos.

 

 

 

 

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