Historias Verdaderas

La batalla de Alaska… Orca vs Humano.

En Alaska se está librando una batalla que parece salida de una historia de ciencia ficción: humanos contra orcas.   

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Un diario de Alaska informó que en las aguas del mar de Bering se está desarrollando una batalla insospechada. Grandes grupos de ballenas orca (Orcinus Orca) han comenzado a seguir a los barcos pesqueros que se aventuran en esas aguas para robar la pesca del día.

Los navíos que se dedican a la pesca con línea para capturar halibut y bacalao pueden juntar, diariamente, un promedio de una tonelada de estas especies. O podían.

Recientemente, los marinos han documentado que manadas de orcas siguen a sus barcos desde temprano. Aunque estos buques cuentan con emisores de señales acústicas de alta frecuencia que supuestamente alejarían a los mamíferos marinos, las orcas simplemente las ignoran.

Al final del día, cuando los barcos arrastran en sus líneas una cantidad considerable de pescado, las ballenas atacan “como un grupo de pandilleros“. Treinta o cuarenta orcas comienzan la persecución a alta velocidad, alcanzando a los pesqueros para despojarlos del producto. Y casi siempre ganan.

A los humanos no les queda más que ver cómo sus líneas de pesca son vaciadas por las llamadas ballenas asesinas.  Aunque hay reportes de estos “robos” desde la década de 1950, debido al incremento en el número de orcas – y del número de barcos pesqueros – en los últimos años estos eventos se han multiplicado, causando consternación para los pescadores.

Las orcas son el depredador máximo en el océano, por encima de todas las especies de tiburones. Estos mamíferos viven en todas las aguas del mundo. Y la intromisión en su hábitat por parte del otro depredador máximo del planeta ha ocasionado un curso de colisión que no sabemos en qué va a terminar.

 

Hasta ahora, no existe un solo registro de ataques de orcas salvajes en contra de humanos. Pero los robos están a la orden del día.

En la batalla, las orcas van ganando.


 

En la novela Der Schwarm del autor alemán Frank Schätzing, en la que la humanidad se ve privada del acceso al océano por la acción de los organismos que viven en él, se describe el ataque de los grandes mamíferos marinos sobre todos los barcos pesqueros, lo que deja sin alimento a una gran porción de humanos. Léanla. Y si no les gusta, me reclaman. Yo pago. Ya saben. 

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La sentencia contra M., M. y M.

El 10 de abril de 1864, el archiduque Ferdinand Maximilian Joseph Maria von Habsburg-Lothringen, conocido en México como Maximiliano de Habsburgo, fue proclamado Emperador. El 14 de junio de 1867, se dictó su sentencia de muerte en el Teatro de la República, en la ciudad de Querétaro. 

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Teatro de la República, Querétaro, México. 

Sentencia de muerte dictada por el consejo de guerra contra Maximiliano de Habsburgo y sus generales Miramón y Mejía, dictada en el Teatro de la República, en Querétaro, el 14 de junio de 1867.

Vista la orden del ciudadano general en jefe del día 24 del pasado mayo para la instrucción de este proceso; la de 21 del mismo mes del ministerio de la Guerra que se cita en la anterior, en virtud de las cuales han sido juzgados Fernando Maximiliano de Habsburgo, que se tituló emperador de México, y sus generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, por delitos contra la nación, el orden y la paz pública, el derecho de gentes y las garantías individuales; visto el proceso formado contra los expresados reos con todas las diligencias y constancias que contiene, de todo lo cual ha hecho relación al Consejo de Guerra el fiscal, teniente coronel de infantería, ciudadano Manuel Azpíroz; habiendo comparecido ante el Consejo de Guerra que presidió el teniente coronel de infantería permanente ciudadano Rafael Platón Sánchez; todo bien examinado con la conclusión y dictamen de dicho fiscal y defensas, que por escrito y de palabra hicieron de dichos reos sus procuradores respectivos, el Consejo de Guerra ha juzgado, convencidos suficientemente de los delitos contra la nación, el derecho de gentes, el orden y la paz pública que especifican las fracciones primera, tercera, cuarta y quinta del artículo primero, quinta del artículo segundo y décima del artículo tercero de la ley de 25 de enero de 1862 a Fernando Maximiliano; y de los delitos contra la nación y el derecho de gentes que se expresan en las fracciones segunda, tercera, cuarta y quinta del artículo primero y quinta del artículo segundo de la citada ley, a los reos Miguel Miramón y Tomás Mejía; con la circunstancia que en los tres concurre, de haber sido cogidos in fraganti en acción de guerra el día 15 del próximo pasado mayo en esta plaza, cuyo caso es el del artículo veinte y ocho de la referida ley y, por tanto, condena con arreglo a ella a los expresados reos Fernando Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía, a la pena capital, señalada para los delitos referidos.

Querétaro, junio 14 de 1867.

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Uno no debe cambiar Miramar por Miravalle. O puede acabar en Las Campanas.

Fuente: Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo.
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Hasta las rodillas…

¿A ustedes les ha pasado que se van a un hoyo por hacer una buena foto? ¿No? ¿Nunca? Dichosos ustedes.

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Salí temprano de trabajar y decidí caminar a casa. Como es costumbre, en el trayecto buscaba alguna cosa que fotografiar. Pasé por el Castillo de Chapultepec y me hubiera encantado tomar una fotografía del Altar de la Patria con lluvia – y sin gente – pero el agua nomás nunca cayó. Seguí por la Calzada Xicoténcatl y llegué hasta el Hemiciclo a los Héroes del Escuadrón 201. Hice un par de tomas y continué ya no por la calzada, sino que atravesé los prados para evitar a los visitantes impertinentes que no me dejaban encuadrar mis fotografías.

Entonces vi un tronco que yacía partido en el piso. Sobre la superficie del tocón había una aldea de pitufos bombardeada por las armas de destrucción masiva de un dictador infame de esos que hoy abundan. Un pequeñísimo bosque de hongos, casi imperceptibles a la vista, pero que semejaba una escena dantesca de destrucción y vida. Preparé mi lente macro para adentrarme en lo que me parecían las profundidades de ese universo paralelo. Listo para capturarlo en un instante eterno.

Ahora, alrededor de mi árbol caído había una gran cantidad de madera y follaje. La humedad de las lluvias de ayer y hoy logró convertir toda esa biomasa en una materia que parecía sólida, pero que en realidad era una gelatina. Debajo de la primera capa había un gran hueco. Eso lo descubrí cuando me acerqué para hacer mis fotos. Y me hundí hasta las rodillas.

Solté una palabrota. De eso estoy seguro. No recuerdo cuál. Pero luego me dije: “Ya estás aquí. Dispara”. Saqué tres fotos.  Y después una pierna. Luego, la otra.

Me sacudí el pantalón y todo hubiera quedado en eso, pero percibí un movimiento dentro de mi bota izquierda. Larvas. Muchas. Miré la derecha, misma situación. Me solté las cuerdas y caminé descalzo, con la cinta de la cámara en la boca y un zapato en cada mano, hasta la calzada más cercana.

Dejé caer el calzado, me quité los calcetines y los sacudí vigorosamente. Miré en mis botas, dentro había muchos gusanitos de color marrón, retorciéndose gustosamente. Supongo que estaba caliente y húmedo. Casi como debajo de su árbol.

Agité las botas una y otra vez. Usé hojas y varitas para sacar a los más necios. Pero algunos eran tan pequeños que parecían imposibles de alcanzar. Tardé casi cuarenta minutos en deshacerme de la mayoría. Sin más qué hacer, me calcé con todo el dolor de mi corazón.

Y me dirigí a toda velocidad a la casa. Abrí la despensa y saqué la lata de insecticida. Llegué directo al baño, me quité los zapatos, los rocié, abrí la llave y me lavé los pies.

Aún siento frío. Y comezón. Además no me abandona la maldita sensación de estar caminando sobre crujipollo.

Todo por tres fotografías. Que estuvieron bien. Pero no fueron lo que hubiera querido. Pero tal como dijo el general McArthur, volveré. Mañana iré de nuevo. Como un homenaje a los cientos de larvas que aplasté con mis zapatos. Ahí les cuento.

Veremos.

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Piernas y territorio: las pérdidas de Santa Anna.

Por Rogelio Rivera Melo.

Santa Anna extravió dos piernas en la guerra. El general dejó ir la segunda un 18 de abril. Y con esa pérdida, inició el proceso por el que también se perdería la mitad del territorio nacional. 

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La pata de palo de Santa Anna, en el museo de Springfield, Illinois, E.U.

El puerto de Veracruz cayó en manos de las fuerzas estadounidenses el 28 de marzo de 1847, después de un sitio de dos semanas. En abril, el general Winfield Scott decide que permanecer en el puerto de Veracruz será contraproducente para sus tropas. Ya que se acerca la temporada de lluvias, y con ella el dengue y otras enfermedades que pueden desencadenar la llamada “Venganza de Moctezuma” entre sus soldados, el comandante en jefe de la expedición estadounidense decide adentrarse en el territorio mexicano y ¿porqué no? llegar hasta la capital del país invadido. Pero en su camino, se encuentra el ejército del general Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón.

La primera batalla que se dio entre los ejércitos de México y E.U.A. fue en un lugar al pie de dos grandes elevaciones llamadas “El Telégrafo” y “La Atalaya”. En este paso estratégico, Santa Anna estableció sobre el camino a unos doce mil hombres con cuarenta piezas de artillería. El terreno se prestaba para que las fuerzas de Scott, menores en número, tuvieran que enfrentarse a un enemigo atrincherado y con mejor posición.

La vanguardia de Scott llegó frente a las fuerzas de Santa Anna. El general Gideón Pillow, informó que el único modo de avanzar sería un ataque frontal, pero el 17 de abril, un capitán del Cuerpo de Ingenieros de Combate llevó a cabo un reconocimiento encubierto por la brecha que se encontraba a la izquierda del frente de batalla mexicano y descubrió que había un modo diferente de derrotar a los mexicanos. Santa Anna dispuso sus fuerzas en la avenida de aproximación principal, confiando que el terreno en su flanco izquierdo era inexpugnable. No lo era.

El 18 de abril, Scott ordenó al general David Twiggs que hiciera marchar de manera discreta a siete mil soldados por la brecha descubierta un día antes. Otra fuerza, menor, haría un despliegue en el frente de los batallones de Santa Anna, como finta de ataque.

La maniobra estadounidense funcionó. Cuando los artilleros mexicanos ubicados en el cerro La Atalaya se dieron cuenta del avance del enemigo, ya era demasiado tarde. Los gringos rodearon las líneas mexicanas, cortaron la vía de retirada y capturaron el campamento de Santa Anna – con todo y la pierna de madera del general mexicano. El comandante de los sorprendidos apenas logró escapar, supongo que saltando “de a cojito”.

La prótesis del Excelentísimo Antonio – fabricada por un artesano neoyorkino y vendida al general por mil trescientos dólares – fue “capturada” por el Batallón de Infantería del Estado de Illinois. Actualmente “la pata de madera” se encuentra en el museo de historia militar de Springfield.

Ahora, seamos sinceros. No era la primera pierna que Santa Anna perdía. La primera, la original, le fue arrancada por un cañonazo en una batalla contra los invasores franceses en la llamada “Guerra de los Pasteles“. Lo que sucedió con esa pierna merece una historia aparte.

El capitán que descubrió el error táctico de Santa Anna en la “Batalla de Cerro Gordo” – y que abrió las puertas para la conquista militar de México – fue ascendido por sus acciones bélicas. Este militar terminó su carrera militar luchando en contra del Ejército de los Estados Unidos como comandante en jefe del Ejército Confederado en la Guerra Civil y estuvo a punto de ganar esa guerra. Muchos lo consideran el mejor general que ha tenido el ejército estadounidense. Su nombre era Robert E. Lee.

Así que el 18 de abril se cumplen años de que el general Lee arrebatara la pierna al general Santa Anna. Si el mexicano hubiera logrado conservar su apéndice motriz ese día en Cerro Gordo, Veracruz, quizá el país no hubiera perdido la mitad de su territorio.

Ese día, Santa Anna no sólo perdió la compostura, casi pierde la cabeza y perdió una pierna. Poco después, en septiembre, los mexicanos perderíamos la mitad de nuestro país.

Fue uno de esos errores que cuestan caro. Ojalá que nuestros políticos aprendan de la lección.

Veremos.

 

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