Apodos

Feliz día de Corpus, mulas.

Por siglos, todos los días de Corpus Christi, las iglesias mexicanas se han llenado de mulas. Y uno debe felicitarlas. 

las mulas

La mulita de Corpus.

La tradición católica dicta que sesenta días después de la resurrección de Cristo, se celebra el día del cuerpo del mesías resucitado… Corpus Christi en latín.

Pero el origen mexicano de esta celebración ,en la que las iglesias se llenan de niños vestidos con atuendos tradicionales, se remonta a 1526. En ese año los conquistadores españoles instauraron las procesiones que salían desde los pueblos cercanos a la capital para llegar a la catedral metropolitana.

Para llevar a cabo la travesía, los campesinos cargaban a sus mulas con las cosechas, y aprovechando el viaje, pedían al cardenal que “les diera la bendición”, tanto a los animales como a las mercancías. Y es por eso que a la celebración también se le conoce como el Día de las Mulas.

Actualmente, del ganado equino en las iglesias solamente quedan las representaciones en miniatura, hechas artesanalmente con hojas de maíz, madera y papel de china, las llamadas mulitas de Corpus. 

Pero aunque ya no se ven mulas de cuatro patas en las iglesias, en México seguimos felicitando  – afectuosamente, claro – a las otras… a esos animales necios que conviven con nosotros todos los días en nuestro amado país.

Que no se diga que en Heroísmo Agonizante 101 no se siguen las tradiciones:

¡Felicidades, mulas!

A mi ya me felicitaron. ¿Y a usted?

Veremos.

 

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LA RETÓRICA DE LO TRIVIAL LXV

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Flaca, no me claves tus …. (palabra censurada por nueva ley).

Hace un par de días, en México, la Suprema Corte de Justicia de la Nación aprobó una de las medidas más – ay, no sé cómo calificarla – ¿progresistas? ¿avanzadas? respecto a la discriminación. El máximo tribunal constitucional del país, encargado de recibir, analizar, corregir y aprobar disposiciones, leyes y reglamentos que son de carácter general para los diversos sectores que componen a la sociedad, decidió que dos – ¡DOS! – palabras (“puñal” y “maricón”) son expresiones discriminatorias y que “denotan una condición de inferioridad”. Por esta razón, el que las diga puede ser sujeto de una demanda por daño moral.

Los antecedentes de esta resolución – como los de cualquier fallo de la SCJN – están bien documentados. La decisión se tomó debido al caso de una demanda interpuesta por un periodista contra otro periodista que lo llamó “puñal” y “maricón”. Resultado: Dos palabras prohibidas “por discriminatorias”.

La duda que me asalta es si estas dos palabras serán un marco referencial para todos los demás vocablos que pueden ser empleados como recurso peyorativo. Permítame explicar, lector, lectora, el motivo de mi cuestionamiento. Si dentro del territorio nacional, yo le digo a un ciudadano mexicano – o extranjero – “Eres un puñal” y él me demanda, lo acepto. Pero ¿y si le digo “tus preferencias sexuales son raras para mi gusto. Eres un raro.”? El contexto semántico – el significado, pues – de mi elaborada oración es exactamente el mismo. Pero, en realidad, no debería tener ningún problema judicial ya que no le dije “puñal”, ni “maricón”.

Actualmente, “puñal” es un término tan retro que muy pocos lo utilizan. Solo los homofóbicos viejos. Y quien usa, hoy en día, “maricón” es porque se siente “cómodo” recurriendo a epítetos ancestrales, habiendo adjetivos “descalificativos” mucho más novedosos. El problema aquí es que la Corte no está castigando la discriminación, sino la falta de un vocabulario florido.

Ahora, establezcamos que los ministros de la Suprema fallaron para que se establezca acción legal en contra de un mexicano – o extranjero – que emplee “cualquier término”, insultante o no, que sea discriminatorio para otra persona. ¿Qué va a pasar cuando en los estadios toda la tribuna le grite “¡PUUUUUUTO!” al portero del equipo rival? ¿Van a arrestar a todos? ¿A castigar al equipo? ¿A cambiar la mentalidad del mexicano común por que “denigrar a alguien” es contrario a la ley?

Está bien, acepto que el ejemplo anterior sería uno de los casos más extremos, pero si lo aterrizamos a la vida cotidiana, pienso que los jueces de todo el país estarán saturados por todos los “pendejos”, “no sirves para nada”, “estás bien güey”, “pinche jodido” y todos los términos que se escriban o articulen con afán de discriminar a alguien más. Probablemente nos arresten a todos en el transcurso del siguiente mes.

En Heroísmo Agonizante 101 no buscamos crear conciencia en los lectores ni llamamos a la desobediencia civil – sabemos que quienes leen lo que aquí se escribe tienen un amplio criterio-, simplemente ejercemos nuestro derecho a opinar y expresar que la Suprema Corte de Justicia se quedó corta – o se excedió – en sus funciones. Usted decida.

Las palabras son palabras. El problema es el uso que se les da. Y eso, amigos míos, no se logra legislando en contra del uso de una palabra u otra. Esa es una solución reactiva. La única medida que puede evitar la denigración – mediante palabras, acciones u omisiones – es la educación.

Las palabras no hieren. Hiere el que las profiere.

Mientras tanto… Veremos.

 

Categorías: Apodos, Reflexiones, Retórica de lo Trivial | 2 comentarios

UNA DE VAQUEROS, JOVEN.

UNA DE VAQUEROS, JOVEN. Por Rogelio Rivera Melo

mula

La siguiente historia es una historia verdadera. Está relatada según me la contaron. El nombre de los personajes aquí mencionados ha sido modificado para mantener su privacidad y preservar su seguridad. Probablemente también se cambie el lugar de los hechos.

Cuando un oficial recién graduado del Colegio Militar de México es desplegado a su nueva base, el destino es elegido mediante un sorteo. Así que cuando, en el año 2001, el oficial Rodrigo fue enviado a un lejano poblado en la península de Baja California, no pudo más que renegar de su suerte. San Quintín es el puesto militar más alejado, geográficamente de la Ciudad de México. A cinco horas, de la ciudad de Tijuana, donde se encuentra el aeropuerto más cercano (hay una base aérea militar en Ensenada, pero solo maneja vuelos locales).

Así que Rodrigo fue. Hasta allá. En ese lugar apartado de la civilización – San Quintín es un pueblo de carretera que uno recorre, a píe, de orilla a orilla, en 10 minutos – fue donde comenzó su carrera como guardián de la Patria. Allá conoció las técnicas que utilizan los narcotraficantes para trasladar grandes volúmenes de droga en camiones de carga, a identificar y destruir pistas de aterrizaje clandestinas en las alturas de las dos sierras principales de la península, a recorrer las brechas para ganado por donde se pasa menor cantidad de enervante. Allá tuvo sus primeras experiencias con los pistoleros, los puestos de control y los policías corruptos.

Un día de febrero, el subteniente Rodrigo se encontraba en las montañas de la Sierra Juárez. El frío era intenso y apenas era soportable con tres o cuatro cobijas dentro de la bolsa de dormir. Y café caliente. Toda la noche los soldados bebían café caliente mientras hacían su turno de vigilancia. Ese grupo de muchachos se encontraban buscando los sembradíos de mariguana que eran plantados en las alturas serranas o pistas de aterrizaje donde las avionetas procedentes de Sinaloa llegaban a descargar la media tonelada de droga que podían llevar sin problemas a través del Golfo de California.

Casi a las seis de la mañana, se escuchó el zumbido de un motor por sobre ellos. Los que aún estaban dormidos se levantaron rápidamente. El subteniente alcanzó a salir de su casa de campaña para ver la avioneta Cessna que voló exactamente sobre arriba de su campamento improvisado. El piloto al verlos tuvo el descaro de sonreír  y, el hijo de su narcotraficante madre, tuvo a bien saludarlos agitando la mano.

El soldado encargado del radio ya tenía lista la frecuencia del cuartel general. Esto debía reportarse de forma urgente. Se estableció un enlace con el jefe, y fue grande la sorpresa de Rodrigo cuando se enteró que el mismísimo general quería hablar con él.

–   Mire, oficial. Los radares acaban de reportar una aeronave que se dirigía hacia el norte. A la sierra de Juárez. El contacto se perdió a 12 kilómetros al sur de su posición. La orden es que vaya con sus hombres al punto de pérdida de contacto y la busque.

Rodrigo sabía que la aeronave no estaba al sur. Que el piloto, mañosamente, había aprovechado la altura de los cerros para perderse a la señal del radar. Una maniobra arriesgada pero redituable. Le dijo al general lo que sabía y recibió una orden tajante. “Encuéntrela”. “Sí, señor”, respondió.

En el mapa, Rodrigo observó que había dos patrullas como la de él más hacia el norte. Y que en estos momentos, el general les estaría transmitiendo la información. Sabía que la única opción de encontrar la droga era dirigirse a las pistas clandestinas que ya estaban ubicadas, y que quizá no lograría capturar la avioneta. También era muy posible que la carga fuera depositada en camionetas, tan pronto como el avión tocara tierra y que si no se daba prisa no sabría más de ella.

La velocidad era importante así que subieron a sus vehículos todo terreno y se dirigieron a las dos pistas más cercanas. El viento frío soplando, la adrenalina fluyendo, las armas listas.

Pero la suerte no estuvo de su parte ese día. Cuando llegó a la pista de un rancho alejado, la avioneta estaba, ya, siendo vigilada por otro grupo de verdes. El teniente apodado el Tigre le había ganado la partida. En vano la carrera loca entre los caminos de terracería por donde se corre la Baja 1000, la famosas carrera de autos a campo traviesa.

–   “¿Cómo cuántos kilos, comandante?”, preguntó Rodrigo.

–   “No había droga, solo encontramos el avión. Sin piloto. Seguimos buscando la carga. No puede estar muy lejos”.

–   “Le ayudamos a buscarla. Nosotros nos vamos por ese cañón”.  Bajando por la cortadura en el terreno, había un angosto sendero marcado por huellas de animal. El subteniente lo siguió con sus hombres.

 Caminaron deprisa. Pasaron una, dos, tres horas y el sol comenzaba a quemar. De pronto, a lo lejos, vieron seis bestias de carga grandes, cargadas con enormes paquetes rectangulares. Muchos paquetes. Se ordenó un despliegue. Los sargentos se lanzaron, ávidos, como perros tras la presa. Los militares saben cómo hacerlo.

 Los narcotraficantes a veces emplean ese método por ser más seguro – aunque más lento. Saben que para llegar a las pistas de aterrizaje existe solamente uno o dos caminos útiles para los vehículos, y que a veces solamente las grandes camionetas con doble tracción pueden entrar hasta donde llega el avión. Así que utilizan mulas (grandes animales que pueden cargar hasta un cuarto de tonelada) para trasladar la droga por caminos que no son tan visibles y llevarla  hasta puntos de reunión más accesibles a los automotores.

Los arrieros, al ver a los soldados, corrieron hacia el cerro y se escondieron en algún lugar. El subteniente y su gente “capturaron” a las mulas. Fueron trasladadas a la agencia del ministerio público federal más cercana. Una cabalgata de tres días con drogas y animales. “Narcomulas”, diría el parte, a posteriori. Todo un éxito de operación. Se capturaron la avioneta, la droga y las bestias.

Pero al parecer Rodrigo no leyó a los animales sus derechos de forma satisfactoria, porque días después recibió una notificación del comisario ejidal donde se le acusaba formalmente de haber robado seis mulas de un rancho cercano. El término legal es “abigeato”… entre los vaqueros se le llama “cuatrerismo”… Para los demás soldados, Rodrigo se ganó el apodo de “RobaMulas”…

Por si les preocupaba, las mulas fueron devueltas a sus dueños originales.  Habían sido robadas tres días antes de los hechos. A Rodrigo, que ya no es subteniente, por cierto, hoy todavía lo llaman así algunos de sus compañeros. Y a él le gusta el detalle. Porque en el ejército, un nom du guerre se gana en acciones en campaña. Es algo que, como una cicatriz, también se luce.

Rodrigo, espera, con todo su corazón, que México recupere la tranquilidad que le ha quitado el narcotráfico. No es su papel juzgar, sino buscar un país mejor para todos.

Y yo, escritor de sus vivencias, lo apoyo.

Veremos.

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La etiqueta de las etiquetas.

La Retórica de lo Trivial XXI. Por Rogelio Rivera Melo

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La etiqueta de las etiquetas.

Me quedé sin habla cuando mi hijo mayor – quien inicia este año la educación media – me comentó sobre las posibles escuelas a las que entrará. “Hay una de chakas, una de fresas y una de nacos”.

Supongo que todo padre debe mantenerse al corriente de las últimas maneras que tienen los jóvenes de “describir” a los otros jóvenes… Pero admito que no es el caso… Así que, fiel a la regla que trato de seguir (esa de siempre preguntar cuando no sé algo), solté la obligada “¿Qué es un chaka?”

La respuesta que me dio el adolescente es lo de menos, pero me hizo reflexionar sobre la manera en que tenemos de ver a los demás, así como en los prejuicios que podemos adoptar hacia todo aquello que es diferente a nosotros.

¿Porqué etiquetamos/categorizamos/juzgamos a las personas que no son “como nosotros”? Las categorías son interminables e infinitas “nacos”, “skatos”, “punks”, “emos”, “gays”, “bugas”, “perredista”, “americanista” y mil que no conozco (incluso se crean nuevas día a día, como los NI-NI’s – esos que ni estudian, ni trabajan).

Siempre pensé que México no era un país racista (quizá porque no había tantas razas diferentes en el territorio como para serlo) – pero ahora me doy cuenta que existe una gran discriminación hacia la otredad. La preferencia sexual, el color de la piel, la nacionalidad, y la religión y hasta el equipo deportivo predilecto, entre otras cosas (ahora está de moda discriminar por la inclinación política), son causas para que las personas den un trato diferente a otras. Y eso, señores, señoras, es el inicio de la segregación.

La siguiente pregunta que le hice a mi hijo… “y tú ¿qué eres?” “Yo soy normal”, fue la respuesta. Ese es el problema básico. Que todos DAMOS POR HECHO, creemos, que somos normales. Y eso sí es como para reír sin parar.

¿En verdad podríamos esperar  que nadie nos pondría una etiqueta por que nos consideramos normales? Por ejemplo, yo he sido (y lo sé porque me los han dicho en mi cara) “nazi”, “fascista”, “represor”, “puto” (si, me lo han dicho), “mandilón”. “guacho”, “sardo” y varios más. Bonito repertorio para la persona más normal de este mundo (según yo, claro). Y lo acepto, también etiqueto a las personas. Quizá ahora lo haga con menos frecuencia – tengo a mi lado a una excelente asesora en asuntos de género y derechos humanos. Pero seamos sinceros, todo eso que no es “como nosotros” o “como a nosotros nos gusta” es “raro”. De entrada. Y todos ponemos “nombres” a esos que son diferentes.

Una amiga que vive en Monterrey y que convive con personas que “los normales” consideraríamos “raros” escribió sobre ellos

“…Constantemente luchan contra estereotipos, sus mentes y personalidades demuestran las llagas provocadas por la sociedad, la cual falla al tomar en cuenta el talento que emana de cada uno de ellos…, tienen necesidades, pero esas necesidades no los convierten en criminales… Con ellos aprendí que generalizar es un gran error…”.

Cuanta sabiduría.

Sé que como padre tengo la obligación moral de mostrar a mi hijo cual es el camino correcto, que como ciudadano tengo la obligación cívica de cumplir con las normas establecidas por la sociedad, pero como humano tengo la obligación ética de considerar a los otros humanos como iguales. Sean lo que sean, hagan lo que hagan, les guste lo que les guste, crean en lo que crean y, claro, voten por quien voten. Nadie es menos – y nadie es más – que otro.

Es normal que, como personas – como individuos, pues – no logremos cumplir todo el tiempo con las tres obligaciones que menciono arriba, pero cuando una sociedad completa olvida ese deber, y no lo valida todo el tiempo, la situación se vuelve peligrosa para todos – porque todos somos diferentes. Y esa es la única certeza que tenemos.

Wayne Dyer  lo deja bien claro: “Cuando juzgas a otro, no lo defines a él o a ella, te defines a ti mismo”.

Así que respiré hondo y le dije a mi hijo: “Quizá a ti te digan de una manera en que te parezca ofensiva. ¿Qué te parece si mejor respetamos a los demás?” A fin de cuentas, todos somos “Humanos”, y creo que esa es la mejor etiqueta que podemos aplicar.

Veremos…

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