Archivo mensual: mayo 2017

Hasta las rodillas…

¿A ustedes les ha pasado que se van a un hoyo por hacer una buena foto? ¿No? ¿Nunca? Dichosos ustedes.

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Salí temprano de trabajar y decidí caminar a casa. Como es costumbre, en el trayecto buscaba alguna cosa que fotografiar. Pasé por el Castillo de Chapultepec y me hubiera encantado tomar una fotografía del Altar de la Patria con lluvia – y sin gente – pero el agua nomás nunca cayó. Seguí por la Calzada Xicoténcatl y llegué hasta el Hemiciclo a los Héroes del Escuadrón 201. Hice un par de tomas y continué ya no por la calzada, sino que atravesé los prados para evitar a los visitantes impertinentes que no me dejaban encuadrar mis fotografías.

Entonces vi un tronco que yacía partido en el piso. Sobre la superficie del tocón había una aldea de pitufos bombardeada por las armas de destrucción masiva de un dictador infame de esos que hoy abundan. Un pequeñísimo bosque de hongos, casi imperceptibles a la vista, pero que semejaba una escena dantesca de destrucción y vida. Preparé mi lente macro para adentrarme en lo que me parecían las profundidades de ese universo paralelo. Listo para capturarlo en un instante eterno.

Ahora, alrededor de mi árbol caído había una gran cantidad de madera y follaje. La humedad de las lluvias de ayer y hoy logró convertir toda esa biomasa en una materia que parecía sólida, pero que en realidad era una gelatina. Debajo de la primera capa había un gran hueco. Eso lo descubrí cuando me acerqué para hacer mis fotos. Y me hundí hasta las rodillas.

Solté una palabrota. De eso estoy seguro. No recuerdo cuál. Pero luego me dije: “Ya estás aquí. Dispara”. Saqué tres fotos.  Y después una pierna. Luego, la otra.

Me sacudí el pantalón y todo hubiera quedado en eso, pero percibí un movimiento dentro de mi bota izquierda. Larvas. Muchas. Miré la derecha, misma situación. Me solté las cuerdas y caminé descalzo, con la cinta de la cámara en la boca y un zapato en cada mano, hasta la calzada más cercana.

Dejé caer el calzado, me quité los calcetines y los sacudí vigorosamente. Miré en mis botas, dentro había muchos gusanitos de color marrón, retorciéndose gustosamente. Supongo que estaba caliente y húmedo. Casi como debajo de su árbol.

Agité las botas una y otra vez. Usé hojas y varitas para sacar a los más necios. Pero algunos eran tan pequeños que parecían imposibles de alcanzar. Tardé casi cuarenta minutos en deshacerme de la mayoría. Sin más qué hacer, me calcé con todo el dolor de mi corazón.

Y me dirigí a toda velocidad a la casa. Abrí la despensa y saqué la lata de insecticida. Llegué directo al baño, me quité los zapatos, los rocié, abrí la llave y me lavé los pies.

Aún siento frío. Y comezón. Además no me abandona la maldita sensación de estar caminando sobre crujipollo.

Todo por tres fotografías. Que estuvieron bien. Pero no fueron lo que hubiera querido. Pero tal como dijo el general McArthur, volveré. Mañana iré de nuevo. Como un homenaje a los cientos de larvas que aplasté con mis zapatos. Ahí les cuento.

Veremos.

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50 años de mariposas amarillas.

Han pasado 50 años desde que se publicó “Cien años de soledad” del colombiano Gabriel García Márquez. Y desde entonces la​ literatura iberoamericana jamás volvió a ser la misma.

Macondo 1, de Graham Brown

“Esa noche, la guardia derribó a Mauricio Babilonia cuando levantaba las tejas para entrar al baño donde Meme lo esperaba, desnuda y temblando de amor entre los alacranes y las mariposas, como lo había hecho todas las noches de los últimos meses. Un proyectil incrustado en la columna vertebral lo redujo a cama por el resto de su vida. Murió de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de incidencia, atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas.”

Fragmento de “Cien años de soledad”, una novela bellísima que todos los latinoamericanos deberíamos leer al menos una vez en la vida. Aún cuando, en lo personal, creo que no es lo mejor de Gabriel García Márquez. 

Gracias, Gabo.

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Agent Provocateur.

Mi sobrino tiene quince meses. Su mamá y su papá instalaron un panel de madera en su casa para que pueda experimentar y practicar con diferentes técnicas artísticas desde esa edad.

Hoy, aprovechando su ausencia, utilicé el muro de arte para plasmar algo que espero haga reflexionar al niño desde temprano en su vida.

Entre globos, rayones y dinosaurios, dibujé una declaración política en favor de una de las especies mexicanas más amenazadas del mundo.

Lo sé, soy un agent provocateur.

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Rescatando a Hulk Hogan

La operación de rescate se tuvo que cancelar por esta noche, pero espero que Hogan vuelva pronto a su hogar.

Volvía a casa después de haber​ ido a la tienda. En el trayecto me topé de frente con un par de niños y su madre. Los tres buscaban algo en el piso, ocupando la totalidad de la banqueta. Casi tuve que pasar sobre ellos.

"¿Pues en dónde se te cayó, chamaco?", exclamó la mujer con tono de desesperación.

"Por aquí, mamá. Por aquí debe estar", contestó el menor de los infantes.

La señora se apreciaba enfadada y lo confirmó con un "¡Ya vámonos!" iracundo. "Se nos va a hacer tarde", remató.

Levantando la mirada del suelo, comenzó a andar por el camino que yo había usado. Arrastró al pequeño en volandas y el otro la siguió con rostro desencajdo, perdiéndose los tres de vista en menos de diez segundos.

Seguí avanzando rumbo a casa, intrigado. ¿Qué habrían estado buscando? Pensé que nunca lo sabría.

A unos treinta​ metros del lugar en el que estaban afanados, encontré lo que (imagino) perdieron: un muñeco. Una figurita articulada de Hulk Hogan yacía en la acera.

La levanté y miré hacia dónde se había ido el trío, pero ya no estaban. Di la vuelta a la esquina pero no los alcancé. La mamá sí que tenía prisa.

Me devolví sobre mis pasos, pensando en que hacer con el pequeño luchador. Lo dejé en un árbol ubicado exactamente a la altura de dónde habían estado realizando su operación de rescate.

Quizá Hulk tendrá que pasar la noche de hoy sobre un árbol pero tal vez, con suerte, mañana se reanude la búsqueda.

Espero que Hogan vuelva pronto a su hogar.

Veremos.

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