13 Lecciones por McConaughey (13/13)

El 18 de mayo, el actor estadounidense Matthew McConaughey fue el orador principal durante la graduación de la Generación 2015 de la Universidad de Houston. El ganador del Oscar compartió con los recién graduados 13 lecciones que ha aprendido durante su extensa vida profesional. Y lo que dijo tiene que ser compartido. 

En Heroísmo Agonizante 101 publicaremos cada sábado por trece semanas – cada una de las “13 Lecciones Aprendidas por McConaughey”.

Lección 13.

¿Y cómo sabemos cuando alcanzamos la verdad?

13. ¿Por qué 13? Es de mala suerte, ¿no?

Bien, ¿en que momento el 13 se convirtió en un número con tan poca buena onda? El trece nunca me ha hecho daño. De hecho, el 13 siempre ha sido un buen número para mi. Les cuento:

Siempre he hecho viajes de 21 días. Travesías solitarias a lugares lejanos con idiomas desconocidos y en los que nadie me conoce. Esos viajes son aventuras y una clase de ejercicio de limpieza. Son como 21 días de ayuno de atención y de todas las cosas que he adquirido y obtenido en mi vida. Son un alejamiento de mi vida, que me sirve para encontrarme conmigo mismo.

Puedo ver cómo lo estoy haciendo, forzándome a estar solamente conmigo, mirando mi reflejo en mi propio espejo. Y ¿saben lo que pasa cuando uno hace eso? En ocasiones no nos gusta eso que miramos en ese espejo.

En 1996, después de que me hiciera “famoso” por una película llamada Tiempo de matar, me lancé en uno de esos viajes de 21 días — en esa ocasión fue a las selvas y montañas de Perú. La súbita fama que obtuve era, de alguna manera, desequilibrante. Mi cara estaba en todos lados, todos querían una foto conmigo, gente desconocida decía que “me amaba” — en todos lados había fotos mías, revistas, carteles… Era algo raro. “¿De qué se trataba todo eso? ¿Qué de todo era verdad y qué era una patraña? ¿Me lo merezco?” eran las preguntas que me hacía.

“¿Quién soy?” era otra que rondaba en mi cabeza.

En cada uno de esos viajes siempre hay un período de iniciación. Un tiempo que el viajero se toma para iniciar el viaje. El tiempo que le toma para desconectarse del mundo que deja atrás y conectarse por completo con el presente que vive. Para mi, ese período de iniciación normalmente dura trece días. Sí, trece largos días en los que me encuentro conmigo mismo. Después de eso las cosas se tranquilizan bastante.

Era la noche del doceavo día de mi viaje de veintiuno. Iba llegando al campamento después de haber caminado 120 kilómetros hasta ese punto. Aún me quedaban tres días de viaje para llegar a Machu Pichu.

Estaba cansado de mi mismo. Luchaba con la perdida de mi anonimato, con los pecados de mi pasado, con los remordimientos. Me sentía solo. Me sentía molesto con la compañía: conmigo mismo. Me encontraba flagelándome mentalmente sin descanso.

La lucha con los demonios de esa noche no me dejaron dormir. Todas esas etiquetas y expectativas y toda la ansiedad que llevaba dentro. Necesitaba liberarme de eso. “¿Quién soy?”, me preguntaba. No solo en ese viaje, sino en toda mi vida. Me desnudé por completo. Me arranqué todo privilegio que me daba orgullo y confianza, quité todas las cortinas, toda cubierta protectora alrededor de mi corazón. Hice a un lado mi gorra de la suerte, me deshice de mis talismanes del pasado. Incluso que quité el anillo de oro que mi padre me dio.

Estaba desnudo. Literal y realmente. Me sentí enfermo. Bañado en sudor, vomité hasta que no quedaba bilis en mi ser. Desmayándome de cansancio.

Horas después, desperté en la mañana del treceavo día. El sol brillaba. Fresco y renovado, me vestí, bebí algo de té y salí a dar un paseo. No hacia mi destino en Machu Pichu, sino a algún lugar al azar. Mi estómago aún se sentía indispuesto por la purga de la noche, pero yo estaba vivo, limpio, brillante.

Mientras caminaba por un sendero lodoso, al dar una vuelta, me encontré con una imagen de los colores más alucinantes que había visto en mi vida: rosa, azul, rojo. Ver aquello era una sensación eléctrica y vibrante. Como si de pronto me hubiera conectado a una planta de luz neón.

Me detuve a mirar. Lo que causaba ese efecto eran miles de mariposas volando frente a mi, a mitad de la selva.  Algo espectacular.

Me quedé observando un rato. Mientras miraba, una pequeña voz dentro de mi cabeza decía: “Todo lo que quiero es eso que veo, y todo lo que veo está frente a mi”.

En ese momento, por la primera vez en ese viaje, dejé de anticiparme a lo que iba a suceder después, dejé de pensar sobre lo que me esperaba en el futuro. El tiempo se detuvo. Ya no tenía prisa de llegar a ningún lado. Mis ansiedades se calmaron.

Horas después, cuando regresé al campamento y empecé a empacar para mi viaje a Machu Pichu. Tenía una nueva energía que podía sentir al caminar. Incluso los guías locales con los que estaba viajando lo pudieron notar, “Tienes luz Mateo, tienes luz”.

Esa mañana me perdoné. Dejé ir la culpa y el peso sobre mis hombros disminuyó. Hice mi penitencia y me volvía  a poner a mano con Dios, conmigo mismo. Yo, mi mejor amigo, el único con el que siempre voy a estar. A partir de esa mañana, la aventura fue grandiosa. Vivía el presente, a mi manera, sin anticiparme a lo que vendría. Abrazando solamente lo que estaba frente a mis ojos y dando a cada cosa el lugar que merecía.

Como pueden ver, esa mañana alcancé una verdad. ¿Qué es lo que encontré? No lo sé. En realidad, creo que eso me encontró a mi. Porque me ubiqué en un lugar en el que podía ser encontrado. En un lugar donde podía recibir las verdades. ¿Cómo sabemos cuando encontramos la verdad?

Creo que la verdad está alrededor nuestro todo el tiempo. La respuesta siempre está ahí. Pero no siempre la vemos, la hacemos nuestra, la escuchamos, la alcanzamos, sobre todo porque no estamos en el lugar correcto para hacerlo.

¿Qué es lo que debemos hacer?

Primero, debemos llevarnos a nosotros mismos al lugar en que podamos recibir la verdad. Vivimos en un mundo extremadamente ruidoso, con toda clase de señales que nos bombardean – compromisos, fechas límites, estrés, planes, expectativas – y todas ellas hacen que se dificulte obtener la claridad y la paz mental necesarias. Así que necesitamos ponernos, de manera voluntaria y consciente, en un lugar para poder recibir esa claridad. Hagan lo que sea mejor para ustedes: oración, meditación, caminatas, tiempo con la compañía adecuada, viajes por carretera, lo que sea que les sirva.

Programen tiempo para estar en un lugar donde puedan recibir la verdad.

Si la escuchamos, una verdad es algo natural e infinito, pero entonces viene la segunda parte:

…que es personalizar la verdad. ¿De qué manera te sirve, cómo la aplicas personalmente, porqué la necesitas en tu vida?

…Si respondes esas preguntas, entonces viene la tercera parte:

….teniendo la paciencia para interiorizarla y llevarla de nuestra mente a todo nuestro cuerpo, alma e instinto. No podemos acelerar esta parte. Y lleva tiempo.

Y si logramos llegar hasta este momento. Si recibimos la verdad, la personalizamos, la interiorizamos, entonces tenemos que hacer lo más difícil:

Tener el valor para actuar de acuerdo con esa verdad. Llevarla a nuestras vidas diarias y practicarla, hacerla una parte activa de quien somos y vivirla.

Si podemos hacer eso, tenemos lo que yo creo que es el Cielo en la Tierra.

El lugar donde lo que queremos también es lo que necesitamos. Y ese es el mejor, ¿no creen? Ese es el lugar en el que yo quiero vivir.

Así que mientras estamos aquí, hagamos que este lugar donde podamos estar tranquilos, donde podamos creer, donde podamos disfrutar el proceso de ser exitosos en los modos en que nosotros queramos. Donde no tengamos que mirar sobre nuestros hombros porque estamos muy atareados haciendo eso en lo que somos buenos. Manteniendo, de manera voluntaria, nuestra propia opinión sobre lo que queremos en realidad. Viajar hacia metas inmortales. Escribir nuestro libro. Superar nuestros temores. Hacernos amigos de nosotros mismos.

¡Ese es el lugar del que estoy hablando!

Muchas gracias, buena suerte. Sigan viviendo. 

 * – * – * – *     – * – * – * – *  

 Veremos.

 – * – * – * – *     – * – * – * – *  
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– * – * – * – *     – * – * – * – *  

 Traducido por Rogelio Rivera Melo.

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Por si te perdiste las lecciones anteriores, aquí está el link:

13-lecciones-por-mcconaughey (1/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (2/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (3/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (4/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (5/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (6/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (7/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (8/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (9/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (10/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (11/13)

13-lecciones-por-mcconaughey (12/13)

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Categorías: Retórica de lo Trivial | 1 comentario

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Un pensamiento en “13 Lecciones por McConaughey (13/13)

  1. Hola, esta lección de vida me dejó gran paz, mental, espiritual, emocional, la verdad en nuestra vida es vital, es el agua viva y pura que nos vitaliza para seguir viviendo con sentido.

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