1968. 3 de octubre. 2013.

La Retórica de lo Trivial CXII Por Rogelio Rivera Melo.

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Mientras veíamos las noticias (una y otra vez las mismas escenas apocalípticas de destrucción y vandalismo), del 2 de octubre de 2013, le comenté a mi novia: “Mi padre fue parte del movimiento”. El estallido de las bombas molotov y las acciones de las fuerzas policiales y manifestantes en la pantalla de la televisión, sirvieron de marco para que me contestara: “El mío también”.

Hablábamos del movimiento estudiantil de 1968.

Esa generación, la de nuestras madres y nuestros padres fue, en realidad, la primera que tuvo la oportunidad, durante los meses de agosto, septiembre y octubre de 1968, de enfrentarse al régimen del gobierno de México, de terminar con él, de encontrar otra salida.  

Mi abuelo, ferrocarilero, me contó alguna vez sobre los días heroícos que tuvo el movimiento estudiantil. Que él no estaba de acuerdo al principio, pero que por sus acciones fue apoyándolo poco a poco; que se preocupaba por la seguridad de mi padre, estudiante de Ingeniería en el Politécnico Nacional; que se dio cuenta que “los muchachos” estaban arrinconando al gobierno, y que no le estaban dejando muchas opciones; me dijo que decidió sacar a mi padre de la ciudad por la Marcha del Silencio y que, según él, esa acción le salvó la vida. Mi papá no estaba en Tlateloco el 2 de octubre. También me platicó de los días aciagos que se vivieron después de la matanza. Y que ya nada volvió a ser igual.

Comparar lo que se vivió en esos meses de 1968 con lo que sucede actualmente en el país está fuera de lugar. El gobierno no era el mismo (aunque muchos quieran creer que si) y, en ese entonces, la conciencia política de los mexicanos era mucho mayor. El Consejo Nacional de Huelga, organizador general del movimiento, logró lo que nadie había hecho antes – individual o grupalmente – en este país: Unificarlo con un motivo común. La idea de cambio.

No hubo necesidad de tácticas violentas por parte de los jóvenes manifestantes y las consignas eran políticas. El CNH logró convocar a campesinos, ferrocarrileros, obreros, burócratas, ciudadanos de los diferentes estratos sociales apelando a la política y a la negociación para alcanzar un ideal tan grande y popular, que el gobierno tuvo que reaccionar de la única manera que supo/pudo/decidió hacerlo.

En ese momento, las instituciones subestimaron el poder y el alcance que un grupo de jovenes podría alcanzar y no quisieron hacer el uso de la política, decidiendo usar la fuerza. Ese fue su crímen.

Hoy es al revés. Los inconformes prefieren utilizar métodos de presión y “evitar” los mecanismos políticos del sistema, generando una división en la opinión sobre su mera existencia. No hay un punto de “acuerdo” válido por el que merezca luchar en conjunto. Y eso es preocupante. Se supone que el bien común para la ciudadanía debería agrupar a la mayoría. Las decisiones de cambio deben ser consensuadas, no impuestas. No a la fuerza.

Con el ataque en los edificios de Tlatelolco sucedió algo en la psique del mexicano. Se sufrió un golpe devastador que subyugó el mecanismo de unión general para obtener un fin político. Se insensibilizó la participación de las masas en búsqueda del correcto funcionamiento del engranaje comunitario. El 3 de octubre de 1968, a unos cuantos días de que iniciaran los juegos olímpicos, México amaneció desangrado. Derrotado. El poder ganó.  

Después de la “culminación forzada” del movimiento con el ataque en la Plaza de las Tres Culturas, México tuvo que haber despertado. Tuvo que haberse incendiado en fuego revolucionario. ¿Y qué pasó? Inició la tradición que tenemos de decir “no pasa nada”: México disfrutó de la Olimpíada. Se entregó a la fiesta deportiva con el ánimo y las ganas que caracterizan a sus ciudadanos. ¡Viva la fiesta, aunque perdamos la competencia!

El peor pecado cometido no fue haber olvidado el sacrificio de la sangre joven, sino recordarlo brevemente cada día 2 de octubre. Un día al año, México se inflama con sentimientos de cambio, de resentimiento, de revolución. Y últimamente, de violencia.

Años después, en el año 2000, nosotros – nuestra generación – tuvimos nuestra oportunidad de cambiar el rumbo de México. Pero nos faltó el arrojo de esos jóvenes que enseñaron tanto al país. No volvió a existir esa unidad entre hermanos mexicanos. No ganó Fox, ni perdió AMLO. Perdimos todos por no buscar un acuerdo. No aprovechamos la última oportunidad – y no fue el gobierno, fuimos nosotros.

Hoy estamos ensañados en una lucha de lavadero. Sin los mecanismos de política para alcanzar un acuerdo viable entre facciones opuestas. A mi parecer, ese es el legado del 2 de octubre que DEBERÍAMOS olvidar. Que el gobierno de ese momento castró al ciudadano en su capacidad de lucha ciudadana.

Y mientras nuestros jovenes – y nuestros viejos – y nuestras instituciones – y nuestros políticos-  sigan gritando DOS DE OCTUBRE NO SE OLVIDA. Estamos condenados a fracasar como país.

La idea es no olvidarlo nunca.

Veremos.

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