Inundados hasta el cuello.

La Retórica de lo Trivial CVIII Por Rogelio Rivera Melo

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La lluvia no cesa. Cae con una intensidad inesperada. Al mirar por la ventana uno comienza a preocuparse. Los encharcamientos ya no son tales. El piso se encuentra, totalmente, debajo del agua.

Pronto la preocupación se transforma en miedo. El cielo no da señales de que la lluvia dé una tregua. El agua sigue subiendo. En los registros del desagüe ya no se observan los típicos remolinos de succión, sino unas horribles gelatinas que vomitan agua hedionda.

Cinco centimetros de precipitación en un punto determinado es suficiente para que el apestoso líquido comience a ingresar a las casas. A través de las puertas, por entre cualquier resquicio comienza a fluir y a inundarlo todo. El miedo abre paso a la desesperación. Pido toallas y bolsas para evitar que entre más agua. Le grito a mis hijos que suban al segundo piso. Que rescaten todo lo que con sus pequeñas manos puedan alzar.

Se me ocurre desconectar la corriente eléctrica.Para hacerlo debo salir al patio, pero la puerta no abre. La fuerza del agua, que empuja hacia adentro, hace que, aún lanzando todo mi cuerpo contra la madera, sea difícil mantenerla  abierta. Cuando lo logro, entran litros y litros de agua putrefacta a la casa. Mis pies están ahora sumergidos.

En el patio es peor. Mi automóvil da la impresión de querer convertirse en un navío y alejarse a la deriva. Las llantas ya no se ven. Y el cielo sigue derramando agua a cántaros.

Después de desconectar las líneas de luz y gas, emprendo el regreso al interior de la casa. El agua cubre mis rodillas. Y sigue subiendo. En poco tiempo la cocina, la sala y los muebles se unirán a las alfombras, los libreros y la esperanza de que la lluvia se detenga.

A la media noche, solamente iluminados por el haz de una linterna, la lluvia comienza a amainar. No es suficiente. Ya no importa en realidad. Hay tanta agua que simplemente no encuentra un lugar hacia donde fluir. Simplemente se acumula. En casa, todo está perdido, bajo un metro y medio de líquido. Es curioso, nunca pensé que el refrigerador flotaría por la cocina.

Al asomarme por la ventana me doy cuenta que hemos corrido con suerte, al estar la casa sobre un desnivel superior a las demás viviendas, la inundación no ha sido tan devastadora como en el resto de la calle. Apenas puedo ver el techo del auto de mi vecino, que, cual tímida tortuga, refleja la luz de mi linterna.

Ahi es cuando comienza la verdadera emergencia. Antes solo fue preocupación y miedo, pero ahora comienzan las preguntas. ¿Cómo saldremos de aquí? ¿Cuánto tiempo estaremos bajo el agua? ¿Y todas nuestras cosas? ¿Qué carajos hago ahora?

Los vecinos nos vamos reuniendo, poco a poco, para tratar de aliviar las penas. A salvar lo insalvable. Operaciones de rescate. Hubo quien lo perdió todo. Sus casas, sus muebles, sus automóviles. Pero la solidaridad entre ciudadanos comenzó a fluir más rápido que la ayuda del gobierno estatal.

El ejército llegó al otro día. Con su eficiencia de siempre nos ayudó a sacar el agua y a limpiar de escombros las coladeras y los registros. Incluso ayudaron a desinfectar y mover la suciedad del interior de las casas. Agradecimiento generoso para hombres y mujeres que anteponen la seguridad de los demás. No puedo hablar mal de ellos.

Estuvimos menos de veinticuatro horas sumergidos y el mundo, literalmente, adquiere una nueva dimensión. Uno piensa que pronto se detendrá la lluvia, pero cuando el nivel sube y sube, ¿cuáles son las prioridades personales?

Y así es la vida.

Hoy, miles de personas se encuentran en una situación similar. Inundados. Con el agua hasta el cuello – o más allá.

¿Qué harás, lector, lectora?

Uno nunca sabe cuando estará ahí. Por favor, busca el centro de acopio de la Cruz Roja Mexicana más cercano a tu domicilio. Apoya a quienes lo necesitan.

Mientras tanto, veremos.

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Categorías: Reflexiones | 2 comentarios

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2 pensamientos en “Inundados hasta el cuello.

  1. Lo siento tanto en verdad. Te mando la mejor de las vibras y mi granito de arena para que todo vuelva a la normalidad. Un gran abrazo para ti y los tuyos.

    Me gusta

  2. Muchas veces vemos noticias en los telediarios que nos asombran, nos preocupan, pero casi nunca pensamos que nos puede tocar a nosotros. Yo no quiero ni pensar en esa situación que has vivido. Me parece estupendo ese llamamiento final.
    Un abrazo!
    Jesús

    Me gusta

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