40 años de Síndromes de Estocolmo.

La Retórica de lo Trivial C Por Rogelio Rivera Melo

Hace cuarenta años, en Suecia, se suscitó un evento que cambiaría la percepción de la relación víctima-victimario, el llamado “Síndrome de Estocolmo”. Personalmente no creo que sea algo tan reciente. ¿Me pregunto cómo se le llamaba antes?

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Algo así.

El humano, cuando esperando maldad es tratado con bondad, se siente grandemente endedudado con su benefactor. —Niccolo Machiavelli.

“Pégame, pero no me dejes”.

“Cuando me dijo que se iba a ir no le creí. Pensé que era como todos los hombres que dicen cosas nomás para que una se espante. Pero cuando terminamos me dolió mucho. Lo busqué para pedirle perdón. Las cosas cambiaron, ya no era el mismo. Se volvió un patán. Me dejaba días y días sin saber de él. Me gritaba enfrente de mis papás. Pero yo lo quería. Un día amenazó con golpearme. Ni me acuerdo por qué. Me le puse muy gallita. Le dije que era un poco hombre. Y me reventó un cachetadón. Yo no lo podía creer. Entendí que no había razón para estar con él, ¿Qué podía esperar de un cabrón que golpeaba y que podía incluso matarme? Pero después de ese golpe, las cosas volvieron a cambiar. Me pidió perdón, me compró flores, me llevó un mariachi. Volvió a ser un caballero conmigo. A veces pienso que lo mejor que pudo pasar es que me diera esa cachetada. Soy feliz con él.” Gloria, 25 años.

El Síndrome de Estocolmo es una respuesta psicológica que se presenta en un rehén o en un individuo en una situación similar, en la que la persona dominante tiene el poder sobre la vida de la víctima y ésta se vincula estrechamente de manera afectiva con sus captores, llegando incluso a defenderlos de las autoridades al momento de su liberación.

“Lo que vivo con ella no me gusta, pero no quiero dejarla”. 

“A pesar de tanto tiempo viviendo juntos yo nunca le he puesto una mano encima. En ocasiones, lo acepto, pierdo el control y grito mucho, pero de eso a golpearla… Una mañana, me reclamó por que yo tenía que ir a trabajar y ella se sentía mal, me pidió que cuidara a los niños mientras se recostaba. Cuando llamaron de mi trabajo para decirme que me estaban esperando y que tenía que ir, las cosas se pusieron tensas. Que soy un mal padre, que ponía el pretexto del trabajo para no estar con los hijos. Empezaron los insultos. Luego siguieron los golpes. Ya no vivo a gusto en esa casa. Tengo que lidiar con tantas cosas afuera y luego llegar a soportarla. Lo que vivo con ella no me gusta, pero no quiero dejarla. Es la mamá de mis hijos.” Erick, 32 años.

El término “Síndrome de Estocolmo” se acuñó después del asalto y robo al Kreditbanken en 1973, ubicado en la capital de Suecia. Dos asaltantes mantuvieron a cuatro empleados del banco – del 23 al 28 de agosto de 1973. En ese lapso,  los empleados cautivos vivieron con los criminales en la bóveda del lugar, creándose entre ellos una gran empatía. Después de ser liberados, las víctimas se mostraron comprensivas y agradecidas con los captores.

“A veces me pregunto porqué no lo dejo. Pero no puedo vivir sin él”.

“Mi esposo me arrastró por la habitación. Me jaló los cabellos y me lanzó sobre la cama. Esa vez llegó hecho una fiera. Alguien, no sé quién, del trabajo le dijo que me había visto platicando con otro hombre. Y si, estuve platicando con un muchacho de mi oficina, pero solamente es un amigo. Mi marido no entendía razones. Me dijo que era una puta y que él no iba a mantenerme para que le anduviera dando las nalgas a otros. No me pegó como otras veces. Pero me dijo que me fuera con mi mamá, que como ella me había enseñado a ser una fácil, que ahora ella me diera de tragar. Cuando se fue me quedé llorando como dos horas. Me levanté y empecé a echar mi ropa en una maleta. Pero luego entendí que él lo hacía por amor. Que esos celos eran porque me ama. No creas, a veces me pregunto porqué no lo dejo. Pero no puedo vivir sin él. Sólo lo dejaría si lo encontrara con otra. Verlo yo con mis ojos. Yo no le andaría creyendo a los chismes de la gente”. Janet, 23 años.

Este síndrome es un mecanismo de supervivencia común en mujeres (y hombres) que viven inmersos en un matrimonio o relación amorosa de conflicto, en cónyuges que sufren de tortura física o psicológica, así como en menores abusados sexualmente y víctimas de incesto. Es importante recalcar que durante un episodio de violencia la justificación de los actos de la otra parte actúan como una compensación emocional por la debilidad propia, o por la necesidad biológica de supervivencia.

Si dentro de su cabeza sonaron las alarmas, y usted, lector, lectora, se ha dado cuenta de que conoce a alguien que sufra de una situación de este tipo – comunes en situaciones domésticas, laborales, profesionales o familiares – es importante buscar la asesoría de un especialista – psicólogo o trabajador social – ya que, en la mayoría de las veces, es un mecanismo involuntario. Quienes atraviesan por algo así, normalmente no se dan cuenta de la situación.

Debido a que la razón se opaca por la búsqueda de un equilibrio mental, lo mejor que uno puede hacer – aparte de buscar ayuda profesional – es demostrar cariño, dar compañía y mostrar empatía con las personas que padecen un transtorno de esta naturaleza.

Mientras tanto, VEREMOS.

* Recuerde que está contraindicado convertirse en el enemigo para que le hagan caso a uno. Para una mejor referencia sobre el sindrome de Estocolmo, puede ver la película “La Bella y la Bestia”, de Disney, cuantas veces sea necesario. O las telenovelas mexicanas – cualquiera de ellas sirve.

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